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LOS ABOGADOS mayo 22, 2006

Posted by LA FULERITA in mi otro blog.
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Lamento admitir que me inscribo en esta categoría pero eso me da una ventaja: a la hora de escribir sobre esta profesión y sus integrantes, puedo hacerlo con entera propiedad, porque quién mejor que uno de nosotros para relatar el mundillo interior de los leguleyos, sus costumbres, realidades, falsedades, bondades y defectos.
Lo cierto es que ser abogado no tiene nada de honroso. Las personas suelen tratarnos de un modo parecido que a los médicos (otra profesión que deberé analizar): semidioses a los que hay que temer y reverenciar. Quienes acuden a nosotros suelen pensar que estamos dotados de una inteligencia superior. Esto es completamente falso. Conozco verdaderos mentecatos ejerciendo la profesión…y no son pocos, más bien abundan. Piensan (los clientes) que tenemos concimientos superiores, cuando la realidad es que se trata de temas técnicos que ni siquiera manejamos del todo, pues para eso están los manuales, tratados y, naturalmente, los códigos. Como no podemos darnos el lujo de decir “esta materia no la sé” solemos responder con un “tengo que estudiar bien su caso”, lo que nos da el tiempo suficiente de recurrir a los libros y -de paso- quedamos como personas muy acuciosas.
Pero existe otro motivo, bastante perverso, si se quiere, por el que los “no-abogados” nos temen.
Para decirlo en pocas palabras: ESTAFA. No solo de parte de colegas sino de toda una camarilla de pseudo abogados que ejercen ilegalmente la profesión. El olor de la “estafa” es penetrante y recorre kilómetros. Nosotros tenemos una glándula especial, parecida a la de los gatos para oler este ardid. Si un abogado o uno que aparenta serlo te cobra 20 veces menos pero por adelantado, no está siendo generoso, te está estafando. Si llega otro y te cobra por adelantado el total de sus honorarios, pues también hay que sospechar. Debes poner mucha atención cuando tu “médico en derechos” (como diría Lope de Vega) no te explica el procedimiento que se está siguiendo, ni los pasos que piensa dar para defender apropiadamente tus intereses.
Porque has de saber que prácticamente todos los abogados estamos en esta profesión por plata y no por hacer la diferencia. (Yo, personalmente, no estaba interesada en la plata, hubiese estudiado arte o arqueología feliz de la vida, pero mis papacitos no me dejaron más opción que medicina o derecho. Claro que reconozco que ya que estoy en esto, anhelo dinero a raudales, pero bien ganado, eso sí).
Ahora bien, mirando a la persona del abogado, éste sufre un cambio brutal cuando recibe el título de manos de un poco insigne ministro de la Corte Suprema, en una pomposa y eterna ceremonia, que se realiza los lunes en la sala del Pleno. Antes de ese sublime momento. Éramos todos estudiantes. Durante primer año, casi todos buena onda, adolescentes aún, con ganas de hacer amigos y pasarla bien. Uno o dos sin embargo, ya se creían abogados, se peinaban a la gomina y usaban maletines en vez de mochilas, dentro de los cuales portaban todo un arsenal jurídico, mientras los demás teníamos un par de cuadernos, un juego de naipes, unas galletas y una gaseosa.
Ya en segundo añ las cosas empiezan a decantarse: las envidias abundan, para donde mires hay alguien deseoso de competir contigo y tener mejores notas que tú. Los abdómenes de buena parte del alumnado se vuelven callosos mientras detienen a los profesores para hacerles estúpidas preguntas y pueriles pero efectivas alabanzas. Estas acciones continúan y se perfeccionan al pasar los años y para quinto año, sabemos perfectamente quién es ahijado de quién, Cual de todos ha sido el más arrastrado, cual el más envidioso y los más competitivos descollan en notas y miradas diabólicas hacia quien ose superarlos. También sabemos muy bien, a esas alturas, quienes de verdad tienen suficientes neuronas haciendo buena sinapsis y quienes no tienen más células que las que contiene el cerebelo.
Con título en mano, viene la transformación más horrenda de todas. Una metamorfosis Kafkiana que convierte a seres humanos comunes y corrientes en vanidosas cucarachas, desprejuiciadas y hambrientas de poder, dinero, dinero y más dinero: “Bonfire of Vanities” es un buen título para una escena com la que acabo de describir.

No todos los abogados son así pero los que yo conocí como compañeros y “amigos” corrieron esa espantosa suerte casi sin excepción y creo que se van a dar cuenta de ello demasiado tarde.

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